Procesionitis

 

Joseph  Ratzinger, gran teólogo además de cabeza de la iglesia católica, en una de sus encíclicas nos alertaba no hace mucho de una problemática que se viene desarrollando en nuestro mundo globalizado actual: la religión como producto de consumo. Mientras las iglesias sufren una alarmante disminución de fieles en las misas diarias, la religión vende como nunca. Los libros que tienen que ver con el Vaticano o la propia iglesia son incontables, igual que las películas o los artículos de misterio sobre religión o el propio Cristo de por medio.
Esto no sería demasiado handicap si sólo atañase a un espectro de población no confesional alejado de los templos, que buscan divertimento u ocio, aunque sea a  costa de la esencia religiosa. Pero el problema es más profundo, ya que está arraigado en las mismas entrañas del catolicismo, como pueden ser las propias hermandades, que también  caen a menudo en lo artificial y externo al culto.
A nadie se le escapa la intencionalidad de las cofradías. Nacieron con el firme propósito tras el Concilio de Trento de contrarrestar los devastadores efectos de la reforma protestante de Martín Lutero en Europa, tras la publicación de las 95 tesis  y la extensión de sus ideas. Para ello, la iglesia católica creó un gran concilio en el siglo XVI, del que salieron la creación de seminarios para formar al clero, el nacimiento de la Compañía de Jesús de San Ignacio de Loyola y el fomento del culto a las imágenes, como medio de evangelizar a las clases analfabetas que no sabían leer.
Cinco siglos después, siguen siendo necesarias para acercar el mensaje  a un pueblo que necesita aún “viñetas en los libros” para  acercarse a Dios. Las cofradías son además de una de las mejores tablas de salvación para una iglesia agonizante en muchos lugares, un tesoro cultural ligado a la idiosincrasia de los pueblos y una rotunda muestra de religiosidad popular.
Sin embargo, como todo en la vida, requieren de cuidado y mimo para subsistir con la misma esencia para lo que fueron creadas. Si desenfocamos nuestro papel en la sociedad y nos convertimos en otro artículo de ocio más, corremos el riesgo de perder la utilidad y el rigor con el que se crearon.
Si nos detenemos a mirar el número de procesiones extraordinarias de los últimos años, nos daremos cuenta que la cosa se nos va de las manos. Si cada vez que se cumpla un aniversario más o menos redondo de una efeméride particular, vulgo coronación canónica o cualquier otro sucedáneo, sacamos un pasito hasta las tantas de la mañana, las cofradías perderán el encanto de la espera, y lo que es aún peor, la esencia por la que fueron creadas. Así encontramos estampas rocambolescas recientes como ver el palio del Silencio de día, la Amargura pasando junto a la música de los belenes de la plaza de San Francisco o la Esperanza de Triana haciendo maratones.
Que me digan a mí que no basta con salir en parihuela en Rosario de la Aurora rezándole a la Virgen…Y es que quizá convenga recordarle a algunas trajeadas juntas, que las imágenes son un instrumento y no un fin, para no rayar en lo cuasi idolátrico.

Por Manuel Enrique Huertas León

 

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