Jesús enseñando a sus discípulos, deja de manifiesto que orar siempre. A primera vista, estas palabras del Evangelio de Lucas pueden no impresionarnos; de hecho, orar siempre es una expresión muy común incluso ahora, y no nos parece indispensable tomarla al pie de la letra; es natural pensar: con todas las ocupaciones y las preocupaciones de la vida, ¿cómo sería posible orar continuamente?
Muchos autores, y los mismos grandes exegetas (especialistas en analizar y explicar los textos bíblicos) se lo han preguntado, y algunos, para superar la dificultad, tienden a traducir esta frase dándole un significado un poco distinto, convirtiéndolo en una invitación a tener una “disposición continua a la oración”.
Pero, para luz de los cristianos, la invitación a orar siempre, a orar continuamente, se encuentra también en otros muchísimos lugares de la Biblia. Citemos algunos:
“Orad en todo tiempo en el Espíritu…” Ef 6,18.
“Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando siempre” Col 1,3.
“Perseverad asiduamente en la oración, velando durante ella y con acción de gracias” Col 4,2.
“Orar sin cesar…” 1ª Tes 5,17.
“Alegres en la esperanza, sufridos en las pruebas, constantes en la oración” Rom 12,12.
San Lucas y San Pablo indicaban algo más que una simple disposición a la oración que se reduce a una intención y difiere profundamente del orar verdadero y propio que se nos manda. Para los apóstoles la oración tiene, pues, una característica: la continuidad, la perseverancia, la no interrupción. Estos no reducían la oración a la pronunciación de algunas fórmulas mas o menos aprendidas; ni siquiera entendían por oración sólo el recogimiento ante Dios, que los buenos cristianos hacen en algunos momentos del día.
Para ellos resultaba inconcebible romper la jornada a pedazos entre las horas dedicadas a los hombres y a las cosas y las horas dedicadas a Dios, como acostumbramos a hacer nosotros en el mejor de los casos. Para ellos el coloquio con Dios es perenne, no cesa; por otra parte, parece que sin esta cualidad no se tenga ni siquiera verdadera oración.
Con el progresar de la vida espiritual, nos dicen los místicos, se entra en la fase en que la presencia de Dios es siempre percibida por el alma, incluso cuando ésta cumple actividades materiales o intelectuales. También habrá horas más explícitamente dedicadas a la oración, pero ésta sigue siendo el acto fundamental durante todo el resto del día.
Sólo estas experiencias espirituales nos explican e iluminan sobre el mandamiento de Jesús, y sobre las palabras que los apóstoles han repetido con tan continuada insistencia.
Y, es preciso notarlo, esta invitación iba dirigida no a los anacoretas o a los padres del desierto, sino a las comunidades procedentes del paganismo. Pero es una invitación dirigida a todos, sin diferencia de clases, raza, creencia, etc. Es una invitación que también se nos hace a cada uno de nosotros. Siempre es tiempo y ocasión para revisar como es nuestro trato con Dios, con la Iglesia y con nuestros hermanos. Siempre es tiempo de conversión, tiempo de gracia. No la desaprovechemos, sino que nos abramos por medio de la Palabra de Dios al misterio de nuestra salvación. Sólo así cuando lleguen los tiempos litúrgicos fuertes como el Adviento o la Cuaresma nos prepararemos conscientemente a vivir los acontecimientos centrales de nuestra fe: la encarnación, la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor. Sólo así daremos pleno sentido a las estaciones de penitencia que realizaréis en la Semana Santa junto a los titulares de vuestras Hermandades. Desde la fe, la unión con Jesucristo en su entrega y en el compromiso solidario a que nos invita el Señor.
Por Marco Antonio Rubio Gracia, Pbro.